El blog del editor
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Favor laboris
23.12.2011
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Días de fiesta
12.12.2011
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Lenguas muertas
28.11.2011
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Descripción
14.11.2011
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Letizia, ay.
07.11.2011
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Sherezade en Babilonia
24.10.2011
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Toledo, Serrano, Anguita
26.09.2011
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Investigaciones filosóficas (11)
20.09.2011
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Aggiornamento
25.08.2011
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Voracidad lectora
28.06.2011
<p>He vuelto de Libia con pulgas en el estómago y heridas en los dedos de tanto disparar. Para lo primero, antibióticos y dieta; lo segundo es leve. Encerrado en casa, persianas bajadas, aprovecho los últimos días de reposo para ponerme, misión imposible, al día. Leo <em>Oficio editor</em> de Mario Muchnik (El Aleph), <em>Acceso no autorizado</em> de Belén Gopegui (Mondadori), <em>Cómo cambiar el mundo</em> de Eric Hobsbawm (Crítica), <em>El seminarista</em> de Rubem Fonseca (RBA), <em>Cuentos reunidos de Malamud</em> (El Aleph), <em>El violento oficio de escribir</em> de Rodolfo Walsh (451), <em>Crónica personal</em> de Conrad (Alba),<em> La carte et le territoire</em> de Houellebecq (Flammarion), <em>Una historia sencilla</em> de Luis Velasco Blake (Caballo de Troya) y <em>Hammerstein o el tesón</em> de H. M. Enzensberger (Anagrama). Releo, con motivo de su definitivo viaje ―la verdadera consagración en España― <em>Federico Sánchez se despide de ustedes</em> (Tusquets, 1993) de Georges, Jorge, Semprún y repaso las palabras que el linajudo ministro de Cultura, nuestro pequeño Malraux nacional, le dedicó a Alfonso Guerra. Si existe eso que algunos llaman “racismo de clase”, hay párrafos que quizá merecerían esa consideración. Extraño e impropio, en cualquier caso, para el hombre moral de Buchenwald. Harto de esto, de menudencias, vuelvo a uno de los grandes y, de tirón, devoro <em>Todo modo y Muerte de un inquisidor</em> (Tusquets), antes Bruguera, de Leonardo Sciascia. Me duelen los ojos (de escuchar a los muertos, por decir con Quevedo) y las palabras bailan (sobre la tumba de Boris Vian). El miércoles vuelvo a la actividad. Escaleras, llaves, pitillos nocturnos, galeradas, cubiertas a medio terminar: el universo editorial en marcha. Mi casa. Mientras quieran.</p>
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Engels y Don Jesús
17.05.2011
<p>Uno era comunista y empresario, prusiano y caballero victoriano; el otro, madrileño de origen cántabro, Frente de Juventudes y parco en palabras, también tuvo negocios varios. Engels, además de gozar de la vida y producir mercancías y documentos, de los telares de Manchester a la Internacional, según cuenta Tristram Hunt en <em>El gentleman comunista</em> (Anagrama, 2011), fue uno de los (dos) responsables de eso que luego se llamó <em>marxismo</em>. Entre Marx, el genio malhumorado, el Moro, y él, Friedrich, un agudo teórico y hombre de acción, cuestionaron el modelo capitalista. Polanco, Jesús (de), fundó empresas y consolidó la presencia nacional (e internacional) de un grupo de comunicación, PRISA, que ha impuesto su criterio ―ético y estético― en España y países de ultramar. Don Jesús era defensor del libre mercado: apuntaló la socialdemocracia reformista ―el PSOE de González, por decir algo― sin tener especial interés ideológico. En <em>Polanco. El señor de El País</em> (Península, 2011), Enrique González Duro, psiquiatra, ha mezclado con acierto la radiografía del personaje con la descripción minuciosa, puntillista, de una agitada época: del franquismo aperturista (suecas, dinero de la emigración y planes de desarrollo) a la democracia <em>global</em> de mercado. Engels tenía barba; Polanco, no. Cuando sus lugartenientes se afeitaron, Don Jesús se sintió más cómodo. Cebrián, Don Juan Luis, primer director de <em>El País</em> e ilustre académico, hijo de Don Vicente (director de <em>Arriba</em> y Secretario General de la prensa del Movimiento), sigue luciéndola encanecida y algo rala. Ahora es un <em>gurú</em> de la <em>com.</em> Engels era comunista. Polanco, como cierra el libro, sólo quiso hacer de <em>El País</em> “el <em>ABC</em> de la democracia.”</p>
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Lágrimas en Heathrow
19.04.2011
<p>He estado en Libia, vacaciones y sobresueldo, disparando contra mercenarios franceses. Monsieur Bruni, desde la altura de sus zapatos de tacón cubano, quiere dividir el país y quedarse con el petróleo. Ni la UE ni Obama, sin embargo, lo ven tan claro: es la política del Hexágono en África, su tradición colonial. Regreso con escala en Londres. Sentado en el centro comercial de la Terminal 3, una chica asiática, veinte años máximo, lloraba. Hablaba por teléfono y lloraba. Cosas del amor, imaginé. Junto a ella, en banco cercano, una familia de saudíes o asimilados, <em>Ipod, Ipad, </em>portátiles varios, miraba hacia otro lado. Terminó la conversación, se recogió el pelo con una goma y ocultó su desconsuelo con las manos. La escena era triste, casi conmovedora. Al levantar la vista, su mirada se cruzó con la mía. Sonreí con ternura pretendiendo decir que fuera lo que fuera, no era para tanto; que el amor va y viene (sentimiento sobrevalorado); y que, pese al dolor, estaba seguro que se recuperaría. Todo en un gesto. Nada más triste que la soledad ―y el llanto ahogado― en un aeropuerto. Su rostro, triángulo de gato joven, se iluminó con mi expresión. Bajó la vista (un ligero rubor de vergüenza) y sacó un pañuelo. Volví a mi lectura: <em>La pena de Bélgica,</em> Hugo Claus, (Debolsillo, 2011), pero no podía concentrarme. Sentía sus lágrimas. Busqué de nuevo aquellos ojos de agua. En ese momento se levantó para comprobar la pantalla. Recogió sus cosas, mochila, par de bolsas, y atravesó, con determinación, el pasillo central. Al pasar a mi lado dijo: <em>thanks.</em> Dudé entre enamorarme (de la situación) y recordar que el género humano es la Internacional. Opté por Althusser: «un comunista nunca está solo».</p>
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Schiffrin
13.04.2011
<p>No acostumbro a enfadarme con personas o animales. Suelo evitar los enfrentamientos y los cruces de palabras hirientes u ofensivos, ya que, en esencia, me producen desazón y aburrimiento. Doble trabajo se dice: enfadarse y desenfadarse. La vida es demasiado breve como para gruñir a la gente que nos rodea. Mi ira (y mi munición, si queda) va dirigida hacia otro sitio: bancos, gobierno, multinacionales, el<em> tardofranquismo</em> sociológico que cabalga por las tierras de España, la miseria moral del mundo, la ignorancia creciente y galopante, las iglesias y sus ministros, etc. Enfadarse con un semejante, un ser cercano y querido, es como tirar piedras al mar pretendiendo que la ola no regrese: misión imposible. Estos días pasea por Madrid, Cuchilleros y la calle Toledo, abanico de periódicos bajo el brazo, el editor André Schiffrin, coincidiendo con la salida de su nuevo dardo, «El dinero y las palabras». Schiffrin habla ―la experiencia le arropa― de aumento exagerado de la rentabilidad, afiladas cuentas de resultados, porcentajes inalcanzables y despidos salvajes en el mundo de la prensa anglosajona. Insiste el maestro en la necesidad de preservar la biodiversidad cultural con librerías independientes y saluda la aparición ―fenómeno global― de pequeñas editoriales que rompan (o traten de romper) el violento monopolio macho de los grandes grupos editoriales. Leo en los periódicos sus reflexiones y busco el libro en el anaquel de Península: lectura obligada en el oficio, debería ser. Sospecho que en el negocio, actividad mercantil o lo que sea, cada vez se lee menos. El calor ha irrumpido en nuestras vidas <em>low-cost </em>y las primeras cucarachas, como mecánicas flores negras, han sembrado de carbón las calles del Raval</p>
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Resistencia
24/03/2011
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Lo ñoño
07.03.2011
