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El blog del editor

12.03.2010

Transición sangrienta

Los imperios se levantan sobre los huesos de sus muertos. El nuestro, extraño y desordenado desde la llegada del oro americano (s. XVI), descrito con precisión por Earl J. Hamilton en 1934 (Ariel, 1974), mantiene su esencia: sol, moscas y corrupción. España desordenada. Ortega, teórico del racio-vitalismo, después de convivir con Kant en Alemania, neokantianos en Marburgo, se aficionó a las señoritas de buena familia: iban de paseo en coche descapotable por la sierra madrileña al tiempo que escribía artículos sobre el espíritu humano. ABC, fallecido el divo, 19 de octubre de 1955, le dedicó la portada con las condolencias del Caudillo y la suspensión de las clases en la universidad. El régimen, con astucia de sacristía, estaba inventando —mucho antes de la trombloflebitis— el consenso. Después del óbito africanista, muerte natural, atado y bien atado, nos dijeron que la fórmula elegida era la mejor solución ante el descontento militar, el caos político y la situación económica. Agentes de la CIA, charoles lorquianos, la izquierda en el diván, contables del Opus y la División Acorazada. Sánchez Soler, periodista con archivo y cientos de horas de hemeroteca, también tiene memoria —como Javier Cercas y Victoria Prego, entre otros—, pero recuerda otras historias: las otras historias. La Transición sangrienta (Península, marzo, 2010) da cuenta de las miserias y crímenes, balas entrando y saliendo de los cuerpos: la violencia del proceso. El olvido, salpicado de galardones, es la posición moral de las democracias blandas del Capitalismo 3.0. Aquellas que, frente al espejo de su pasado, se fijan en los colores de la corbata. Para los felices: Cuéntame. El resto, seguimos en la inexistente batalla.
 

02.03.2010

Geografía histórica

Levanto diques contra el desaliento y el invierno de marzo. Construyo cálidos rincones para compartir. Almaceno alegría y rosas rojas (también amarillas y blancas) en los bolsillos del uniforme. Duermo poco. Se diría que siempre estoy de guardia: vigilia permanente. Imagino que la oscuridad desaparece, magia, y que volveré a la luz de Ravello, al Louvre de Remedios, a cualquier sitio común. Spinoza mira de reojo: el amor es (sólo puede ser) una alegría. Como la revolución. El resto es silencio, autoritaria razón de estado, mentiras y notas al pie. Sigo el hilo de los recuerdos: veo algunos nudos que se desatan sólo gracias a la voluntad y el deseo. En Historia de las mujeres de Bonnie S. Anderson y Judith P. Zinsser (Crítica, 2009) encuentro explicaciones pertinentes, históricas, para mis inseguridades de mono erguido. El tiempo no discurre igual para mujeres y hombres. Es imposible. Su historia, su lucha —sufrimiento y dolor— está por escribir: es la otra historia de la humanidad. Mi abuelo materno, años setenta, leía fotonovelas eróticas manchadas de aceite —ahora todo es autoayuda y efectismo sentimental— que escondía debajo de la cama: un refugio imposible. Su hijo, en Francia, finales de los cincuenta, dormía con una Luger P08 cargada bajo la almohada: el lado frío del revolver. Cada biografía encierra leyenda y farsa. Balas silbando en Argel y en el aeropuerto de Bagdad, trenes de vía estrecha hacia Gussen (Mauthaussen), delegados sindicales portugueses en la Snecma y amores que volverán con furia —si vuelven— en primavera, con el primer sol de primavera. El siglo XX se cerró con pérdidas. Venceremos, ya que venimos de abajo. Del fondo: el infierno de la razón.

25.02.2010

So Kate

Entro en el despacho de Península y me encuentro con la mirada huidiza, penetrante y casi bizca de Kate Moss. Su fotografía, pegada a la pared, blanco y negro, me deja perplejo. Malditos intelectuales: siguen fascinados por la belleza maldita igual que, sensu contrario, estaba el maestro de Aquino. Imagino que es una perversión del editor o un private joke. Parece una cubierta. Me pongo y quito las gafas, uno ya no sabe, y leo que el autor es Christian Salmon y la obra, Kate Moss Machine, aparecerá con un prólogo de Miguel Roig, la misma dupla de Storytelling. Husmeo y no encuentro galeradas, primeras pruebas, nada. Abro cajones, recorro estanterías, revuelvo papeles. Ni rastro del texto. Esto parece un trabajo fino: secreto de estado. Kate Moss mira sin mirar, entreabierta la boca, suelto el pelo, desmadejado, y de repente, siguiendo su falso movimiento, recuerdo una boda a la que fui invitado. Era primavera, finales de los noventa, un restaurante invernadero: Chelsea, Londres. Los caballeros, ternos oscuros, alcohol y drogas blandas; las coquetas damas jóvenes —encantadoras con sus sedas y sombreros— bailaban sobre tacones de ilusión. Pasé toda la velada, larga y agradable, preocupado por que no se me viera la pistola. Kate, como la mayoría, viene de los suburbios, working class, y se ha convertido (la han convertido) en reina del couché y las pasarelas de poliuretano: el poder simbólico (inmaterial) de la imagen. El capitalismo actual, 3.0, muta —en los laboratorios de doctrina— como los virus. Vivimos en el espectáculo permanente: la virtualidad. Son las cuatro y cuarto de la madrugada de un día cualquiera. Miro a Kate. Fumo. Espero el amanecer. Espero y fumo. Lloro sin lágrimas.


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