El blog del editor
21.04.2008
La venganza del dragón
Cuentan que los dragones vivían tranquilos, dedicados al estudio de la astronomía, el vuelo sin motor y la música polifónica. Pacíficos animales alados, conocedores de la sintaxis y el ars amandi (si acaso no es lo mismo), su sistema de propiedad común -una especie de socialismo fabiano- y la moderna legislación social que se habían otorgado garantizaban la igualdad y armonía. De repente, sin mediar causa, un dominico italiano, obispo de Génova, alteró su existencia. Dicen las crónicas -escritas, como todas, desde la victoria- que entristecían los días de lluvia, comían fruta y fuego, devoraban vírgenes ágrafas, se reunían en akelarres (otras fuentes hablan de Asambleas Populares) y criticaban los preceptos morales del Todopoderoso. Discretos y amables con los lugareños, excelentes oradores, eran contrarios al uso de la fuerza. Sin embargo, pese a su natural bonhomía, recibieron con indignación las mentiras del mencionado religioso, Jacobus de Voragine, alias Santiago de la Vorágine, tonsurado individuo que -sin vergüenza ni rigor científico- los retrató como bestias sedientas de sangre y aliados del diablo en la Legenda Sanctorum o Legenda aurea (ver el episodio de san Jorge y el dragón), uno de los best-sellers del siglo XIII. Humillados y ofendidos, cambiaron de hábitos siendo, desde entonces, huidizos, irritables y abstencionistas. En el siglo XIX, con el auge del anarquismo, se les denominó “terroristas”. En la actualidad son asociados con grandes redes criminales. El 23 de abril, Día de Aragón y fiesta mayor en Olmedo de Camaces (Salamanca), se festeja, en Cataluña, Sant Jordi o Día de los enamorados. Ellas reciben una rosa transgénica y ellos, quizá menos afortunados, un libro (también transgénico). Pese al rumor, esta nota niega que los dragones sean responsables -sería cruel venganza- de la calidad de los libros circulantes.
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07.04.2008
De gatos y rosas
La literatura y el ensayo (antiguas actividades intelectuales destinadas hoy en día a la fabricación y distribución industrial de best-sellers con aspecto de novela -ay, el folletín decimonónico- y libros varios de non-fiction, no queremos profundizar en nuestras “zonas de mejora” ni dejar de fumar cada quincena), me han atacado con alevosía, doble nocturno de tela, en forma de traicionera y pesada caja de libros. Como al gato -todos los gatos (las rosas) son el gato (la rosa), al decir de los modernii, aquellos valientes seguidores del maestro de Ockham- la curiosidad me ha postrado. Fue hace ya unas semanas, estando, cómo no, de ronda nocturna. Quise mirar -locus ille silentiis- en las tinieblas exteriores (y más allá) que se vislumbran tras las cajas recubiertas de polvo. A modo de Harrijasotzaile de Leitza en funciones custodias, levanté la carga con un esfuerzo que mi espalda juzgó extraordinario. Entre el peso del papel y la (falsa) tensión de la noche electoral, mi rígida anatomía crujió. El resto es silencio, Shakespeare dixit; silencio, reposo, malaleche (habitual) e iboprufeno. Soy consciente de que nadie me habrá echado de menos y no pido disculpas por este prolongado silencio, costumbre extendida entre articulistas varios que justifican sus ausencias pensando, entre la vanidad y la inocencia, que nos importa. Dicho esto, retomo el asunto donde lo dejé, es decir, en ningún sitio concreto, mientras paso páginas con deleite del excelente libro -las grandes novelas existen todavía, sólo hay que saber buscarlas- de Bernard Malamud (1914-1986), El dependiente (1957), que El Aleph publicó en septiembre de 2007, el mismo mes que, el destino nos proteja de la superstición, empecé a vigilar, sin pistola ni arma disuasoria alguna, los pasillos y salas de esta editorial.
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21.02.2008
Cazadores de erratas
Los libros -buenos o malos, ¿quién es el valiente que distingue calidad en este mercado líquido?- están decorados de erratas. Se esconden sigilosas entre las palabras, al final de los párrafos, en medio de ninguna parte. Cuando aparecen, de repente, saltan ante el espejo de la mirada como una espinilla en el rostro de los adolescentes. Primero viene la sorpresa, luego la indignación, después la indiferencia. Las erratas son pinceladas equivocadas en un cuadro impresionista, la nota falsa y estridente en una escala. Los textos se revisan y revisan y revisan pero las erratas (no son errores) son astutas, se cuelan por cualquier rendija, y nos recuerdan lo efímero (fugaz igual que la belleza maldita de la que hablaba Tomás el Aquinate) del éxito. Precariedad laboral y errata -el accidente laboral, sin resultado muerte, de los impresores- son términos que corren de la mano en estos tiempos mercantiles. Ocurre también en los periódicos. El proceso de producción tiene, cada vez, menos controles de calidad, filtros en los cuales deberían atraparse las erratas. Recuerdo al poeta Novalis y al filósofo Mario Bunge: las teorías son redes, sólo quien lance pescará. En una papelera encuentro una carta arrugada. Una puntillosa lectora de un pueblo de Almería, un lugar anegado por el imparable mar de plástico, se queja con amargura de las torpezas descubiertas en un libro nuevo. Su tono tiene algo de rabieta infantil. Propone que le cambien el libro por otro. Si fuera responsable del negocio le mandaría, correo urgente, un libro en blanco para que, con su sagaz pensamiento, localizara sus propias erratas. Y extra bonus, las 1.900 páginas de la biografía de Hitler de Ian Kershaw. Así podría distraerse cazando letras torcidas con un cañón Flack del calibre 88.
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