El blog del editor
01.02.2012
Patricia y Michel
Jean Seberg miraba a Belmondo desde su desafiante peinado corto («lo tengo rubio», coreaban las cigarreras en los 40) y una camiseta blanca: Herald Tribune. Godard, «Todo lo que necesitas para una película es una chica y una pistola», su primer largometraje (1960), colaboración de Truffaut y supervisión de Chabrol, mostró una parte, entrañable y siniestra, de la vida. Repaso mi uniforme. Ni pistola, ya saben, ni chica: esta visto que no puedo hacer una película. In illo tempore tuve ambas cosas, incluso un falso rango militar. Belmondo paseaba por las calles de París. Leo a Gracia en Anagrama, El intelectual melancólico (octubre, 2011), y como huyo de ese estado (desapacible) del alma —el nuevo mal del siglo, junto con la depresión, si acaso no son caras de la misma represión simbólica— vuelvo a mi antiguo amigo (conocido, por mejor decir), il cattivo maestro, Antonio Negri que analiza, junto con Michael Hardt, armados ambos con la espada del compromiso político transformador, las posibilidades prácticas de la revolución. El libro, Akal, 2011, titulado Commonwealth, cierra la trilogía iniciada con Imperio (2000) y Multitud (2005). Pero como ando disperso y algo distraído, tanta lechuga y pescado cocido afecta al curso natural del entendimiento, vuelvo a Jean Seberg —preferible, sin duda, a Audrey Hepburn— y me pierdo en el blanco y negro, magnífica iluminación, de una historia de amor que nos propuso ser malos, buenos o regulares: depende. Á bout de souffle: así ando yo (con perdón) esta noche fría de febrero mientras pienso en mis cosillas (de poco interés, la verdad), atiendo con eficacia (neoliberal) la vigilancia y tomo un café (descafeinado) de la máquina.
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17.01.2012
Lección de francés
Hace años, cuando entraba en La Coupole, Montparnasse, el maître me saludaba por mi nombre (de entonces): Monsieur Zàkovic. Sentado siempre en el mismo sitio, la espalda protegida contra la pared: se podía fumar. Tarama, carne o pescado, agua y café descafeinado. Estos días de enero ando recordando, maldita memoria selectiva, maldita memoria caótica, aquellos tiempos bélicos (resoluciones de la OTAN, Javier Solana, Sarajevo, manifiestos, turismo militar/moral de los intelectuales) y siento un leve escalofrío de muerte. El rumor del Mediterráneo, carreteras de madrugada y balnearios en invierno, reuniones, edificios derruidos, pueblos costeros. Ahora custodio, turno de noche, como saben, un importante negocio editorial. Tengo docenas libros a mi disposición, algunos buenos, y converso con las sombras rotas del estado de bienestar: putas, basureros, algunos clochards: mis relaciones. En Los ojos de la piel de Juhani Pallasmaa leo sobre la primacía de la vista, desde Descartes, como fuente de conocimiento: la ilusión óptica dominante y la mirada del poder. Como tengo tiempo, pienso. Es una de las ventajas (escasas) de mi actividad laboral. Una chica rubia, ojos tristes, Ekaterina, quiere prosperar en su oficio, me propone, tímida, que le de clases dé francés, quince euros la hora. Acepto, solidario. Compro un par de manuales y saco del baúl familiar unos folletos, años setenta, titulados «El francés es fácil». En los «Cuentos Completos» de Juan José Saer, marzo en El Aleph, qué formidable y desconocido autor, encuentro Historia, realidad, ficción, vida, pasiones, amistad: literatura política lírica, si existiera la expresión. Murió en 2005 y vivía en Francia: évidemment.
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23.12.2011
Favor laboris
Anne More murió el 15 de agosto de 1617. Desde ese día, la irónica y sensual poesía de John Donne se volvió oscura, íntima, reservada. Se casaron en secreto, 1601, sin el consentimiento del padre de la novia: el poeta acabó en la cárcel. Pienso en el siglo barroco, con sus dudas e incertidumbres, y en la época que nos ha tocado vivir. Se podría establecer un breviario de similitudes empezando por el desconcierto social y político. Salgo a la calle: reina el fetichismo de la mercancía (incluidos nuestros intercambios emocionales) y las contenidas celebraciones. Nada, nos dicen, como una buena ración —el plato lleno de grasa— de frágil felicidad (placer inmediato, consumo) para alejar los malos pensamientos. Eso, e ir a la peluquería. Destrozado el mundo del trabajo, precarizados hasta el esqueleto, roto el pacto capital-trabajo (heredero, sin duda, de la victoria de Stalingrado), el viejo principio, favor laboris, se ha convertido en un resto arqueológico. Anclados en la exaltación de la subjetividad, la trascendencia del ego, decía Sartre siguiendo a Heidegger, ya no distinguimos realidad y ficción. Hasta los géneros literarios (tampoco importa) han sucumbido ante la lógica cultural del capitalismo. Sujeto una ventana con La muerte de Virgilio (discreto homenaje a Vázquez Montalbán), enciendo un cigarrillo y lavo las cortinas. En el buzón encuentro una felicitación navideña de una tienda de electrodomésticos y la factura de la luz. Compro canelones congelados, ensalada de plástico, café descafeinado y liofilizado, tabaco para resistir un asedio y varios periódicos. En el supermercado —lo llamaban hilo musical— suena un allegro de Vivaldi. Cosas de la vida cotidiana.
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