El blog del editor
27.06.2008
Historia de amor
Resulta que a las personas comunes (aquellas cuya vida gira alrededor del sol del trabajo, como escribió Marx) también nos ocurren hechos de apariencia novelesca. Utilizo la palabra «novelesca» sabiendo que, en la actual narrativa española y en cualquiera de sus lenguas y territorios, prima —salvo excepciones— la banalidad y la trepidante acción (modelo teleserie norteamericana) o por mejor decir, lo sensible-sentimental frente a lo real-material, con un tipo de discurso circular y vacío que, lejos de aportar una idea sobre el mundo, un punto de vista, malvive entre personajes trasparentes y conversaciones —de apariencia trascendente— que sólo encierran juegos del ego mercantil (intercambio de emociones o consumo emocional) y tramas rocambolescas (el vizconde Ponson du Terrail y su héroe Rocambole marcando estilo desde el XIX). Ocurrió hace dos noches. Andaba distraído leyendo el desgarrador Olivier Adam y su A la intemperie (El Aleph, 2008), cuando un ruido, algo metálico contra el muro de cristal, me sobresaltó. Una joven y guapa mujer (omitiré descripciones) me miraba con atención. En su mano, el mismo libro. Nuestras miradas se cruzaron con cálida intensidad. Sentí pena y curiosidad. Eran cerca de las tres de la madrugada y su maquillaje denotaba batalla. De no haber sido uno custodio responsable, vigía de occidente menor y asalariado, hubiera salido a su encuentro. Bajé la vista. Volvió el repiqueteo en el cristal. Juana, barrendera del turno de noche, me ofrecía una cerveza. Acepté, claro, pues no es de caballeros (aunque desarmados) rechazar la invitación de una dama nocturna.
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10.06.2008
Feriantes sin cabra
Estamos todo el día celebrando. El caso es festejar, gastar los cuatro cuartos que nos quedan y mirar hacia otro lado. Vivimos en ese magma que los sociólogos, cualificados inventores de términos, llaman «cultura del acontecimiento». La enumeración puede ser arbitraria —y lo es— pero no me resisto vista la disparidad: la fiesta de la bicicleta, la apoteosis de la democracia de mercado (las elecciones), la Gay Pride y la Tomatina de Buñol, una exposición de Vermeer o Poussin (con los ancianos haciendo cola, sentados en sillas de playa), el día de la mujer trabajadora y el día mundial contra el tabaco o la esclerosis múltiple, la Copa América (y el Bribón IV) y la Eurocopa y las Olimpíadas y Carlinhos Brown y la «Samba pa Dios» y las Noches culturales en Blanco y la apertura, con pasarela incluida, de un nuevo Guggenheim y los mercadillos gastronómicos medievales con el charcutero y señora disfrazados de Calixto y Melibea. En la época gris (horror, parezco Tolkien), había menos neones y recitábamos letanías. «Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión». Estas semanas, por Madrid, anda el sector cultural revuelto con la Feria del Libro: que si la alegría de la lectura, que si los libros al alcance de todos, que si el contacto directo (y comercial) de los autores (productores) con los lectores (consumidores). A las cabras, animal social, afectuoso y literario, les gusta el papel. Antes era normal su presencia urbana. Acompañaban a los artistas callejeros y al mono recaudador. A Berlusconi, padre padrone de las Mamachichos, no le gustan los gitanos, los monos guardan silencio para que no se les obligue a trabajar y las cabras —incluida la viril legionaria— andan secuestradas, de almacén en almacén, masticando devoluciones. Schlechte Zeit für Lyrik.
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20.05.2008
Langostinos y lentejas
Sin revólver ni machete, planchado el uniforme azul, llevo ya varios meses de custodio de noche —ay, Cavani, qué mayores nos hemos hecho desde aquel 1973— y me siento cómodo. Es lo que tiene la rutina: embriaga. Leo libros antes de que asomen sus fresadas vergüenzas por librerías y centros comerciales (nuestros coloridos campos de consumo y concentración), veo portadas impresas en papel, escucho —de buena mañana, cambio de guardia— conversaciones curiosas (cargadas de aparente talento y vanidad) y tengo una cafetera a mi disposición (con tazas de loza). Además, si me quedo dormido, ocurre cuando ceno demasiado, despierto sin sobresalto, sosegado, ya que el robo (o hurto, depende) parece actividad ajena a estas instalaciones. Ya nadie roba libros —era una de mis actividades favoritas— y sospecho que ni los estudiantes se apuntan. ¿Quién necesita leer? ¿Para qué? ¿Cómo voy a esconder bajo la gabardina, con disimulo, 1300 páginas en tapa dura? ¿Tienes —decía Mae West— una pistola en el bolsillo o es que te alegras de verme? Hablan de Bolonia (uno de los antiguos feudos electorales del PCI) y de la reforma de la educación superior: una adecuación del conocimiento, por decir así, al (libre) mercado. Vuelve —nunca se ha ido del todo— Millán Astray: «muera la inteligencia». La tecnocracia ha transformado nuestra forma de ver el mundo: del Storytelling a la mercadotecnia de las emociones. Recuerdo una frase de una amiga que trabaja —promoción e imagen— en el gremio libresco. Cito de memoria: «La cantidad de langostinos que hay que comerse para llevar a casa un plato de lentejas». Regalo otra: «el infierno es un cóctel permanente». Alterno párrafos del vecchio Ingrao (Península) con Primo Levi (El Aleph). Mejor me duermo.
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