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El blog del editor

02.03.2010

Geografía histórica

Levanto diques contra el desaliento y el invierno de marzo. Construyo cálidos rincones para compartir. Almaceno alegría y rosas rojas (también amarillas y blancas) en los bolsillos del uniforme. Duermo poco. Se diría que siempre estoy de guardia: vigilia permanente. Imagino que la oscuridad desaparece, magia, y que volveré a la luz de Ravello, al Louvre de Remedios, a cualquier sitio común. Spinoza mira de reojo: el amor es (sólo puede ser) una alegría. Como la revolución. El resto es silencio, autoritaria razón de estado, mentiras y notas al pie. Sigo el hilo de los recuerdos: veo algunos nudos que se desatan sólo gracias a la voluntad y el deseo. En Historia de las mujeres de Bonnie S. Anderson y Judith P. Zinsser (Crítica, 2009) encuentro explicaciones pertinentes, históricas, para mis inseguridades de mono erguido. El tiempo no discurre igual para mujeres y hombres. Es imposible. Su historia, su lucha —sufrimiento y dolor— está por escribir: es la otra historia de la humanidad. Mi abuelo materno, años setenta, leía fotonovelas eróticas manchadas de aceite —ahora todo es autoayuda y efectismo sentimental— que escondía debajo de la cama: un refugio imposible. Su hijo, en Francia, finales de los cincuenta, dormía con una Luger P08 cargada bajo la almohada: el lado frío del revolver. Cada biografía encierra leyenda y farsa. Balas silbando en Argel y en el aeropuerto de Bagdad, trenes de vía estrecha hacia Gussen (Mauthaussen), delegados sindicales portugueses en la Snecma y amores que volverán con furia —si vuelven— en primavera, con el primer sol de primavera. El siglo XX se cerró con pérdidas. Venceremos, ya que venimos de abajo. Del fondo: el infierno de la razón.

25.02.2010

So Kate

Entro en el despacho de Península y me encuentro con la mirada huidiza, penetrante y casi bizca de Kate Moss. Su fotografía, pegada a la pared, blanco y negro, me deja perplejo. Malditos intelectuales: siguen fascinados por la belleza maldita igual que, sensu contrario, estaba el maestro de Aquino. Imagino que es una perversión del editor o un private joke. Parece una cubierta. Me pongo y quito las gafas, uno ya no sabe, y leo que el autor es Christian Salmon y la obra, Kate Moss Machine, aparecerá con un prólogo de Miguel Roig, la misma dupla de Storytelling. Husmeo y no encuentro galeradas, primeras pruebas, nada. Abro cajones, recorro estanterías, revuelvo papeles. Ni rastro del texto. Esto parece un trabajo fino: secreto de estado. Kate Moss mira sin mirar, entreabierta la boca, suelto el pelo, desmadejado, y de repente, siguiendo su falso movimiento, recuerdo una boda a la que fui invitado. Era primavera, finales de los noventa, un restaurante invernadero: Chelsea, Londres. Los caballeros, ternos oscuros, alcohol y drogas blandas; las coquetas damas jóvenes —encantadoras con sus sedas y sombreros— bailaban sobre tacones de ilusión. Pasé toda la velada, larga y agradable, preocupado por que no se me viera la pistola. Kate, como la mayoría, viene de los suburbios, working class, y se ha convertido (la han convertido) en reina del couché y las pasarelas de poliuretano: el poder simbólico (inmaterial) de la imagen. El capitalismo actual, 3.0, muta —en los laboratorios de doctrina— como los virus. Vivimos en el espectáculo permanente: la virtualidad. Son las cuatro y cuarto de la madrugada de un día cualquiera. Miro a Kate. Fumo. Espero el amanecer. Espero y fumo. Lloro sin lágrimas.

15.02.2010

Diez suecas

Leí a Maj Sjöwall y Per Wahlöö en Bruguera (Libro Amigo, Novela negra) y luego pasé a Versal (Crimen & CIA). Los perseguí en otras lenguas y terminé en francés, 10/18, antes de volver, verano/otoño del 2009, a comprarlas todas, diez obras, en Rivages/Noir. Arrancaron con Roseanna (1965) y escribieron nueve más, una por año. Hoy —más de cuatro décadas después— sigue siendo la crítica más consistente y lúcida a la socialdemocracia sueca, aquel extraño modelo de bienestar y espías. Alguien, imagino, me hablaría de estos libros. Corrían los modernos y felices ochenta y Felipe González, queremos un hijo tuyo, congregaba miles de simpatizantes en las plazas de toros. Modernidad imaginaria a cambio de reconversión industrial: aceptamos. Europa exigía nuestro sacrificio: nos pasamos en bloque (camareros de estío) al sector servicios. En catalán, los publica —con valentía editorial— Columna, the girls next door, vestidos con imaginativas e inquietantes portadas. En la solapa de los autores, elegante edición actual de RBA, se dice —en cuatro de las cinco aparecidas— que eran «comunistas declarados». En la quinta y reciente entrega El coche de bomberos desapareció (febrero, 2010), se refieren a Sjöwall y Wahlöö como «comunistas confesos». No se cuál de los dos términos prefiero. Ambos, «declarados» y «confesos» huelen a rancio, ultramarinos y salazón, semántica de alacena y manchego en aceite. Creo que por eso me gustan estas dos palabras. Soy un reaccionario y, pese la vitamina C y el Ipod, me hago mayor. La última frase que escribieron juntos, en la línea final de Los terroristas (1975), el policía Kollberg arranca un juego de letras: «Empiezo yo, y digo: equis, como en Marx…». Comunistas confesos, ya se sabe.
 


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