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Revista de prensa

14/02/2010

Un paseo insólito por Nueva York

ABC-LosDomingos-14-2-10.pdf

Luigi, el jefe de los porteros del número 407 de Park Avenue South (esquina con la calle 28), la tenía recogida en el sótano: era una gata romana, fiacucha, con los costados hundidos y una mirada de perplejidad que no mendigaba compasión. En eso era fiel a los rasgos de su especie. Cabía en el cuenco de una mano y apenas comía. Como si ganar peso fuera una contrariedad, en perfecta sintonía con el canon occidental de las modelos. Empezamos a subirla por las tardes: para que la niña se olvidara de la muerte y la ceniza y jugando con la felina, acariciándola, acaso recompusiera los costurones del mundo: como si la gata y la niña pudieran rebatir la evidencia de que el siglo recién nacido ¿lo que algunos insisten en llamar «el porvenir»¿ no podía haber empezado peor: un conjuro basado en el juego y la ternura gratuita, sin más condiciones que las que los gatos y los niños renuevan y revocan por su cuenta. Acabó quedándose a dormir y pasando en el sótano las horas en que la niña estaba en la escuela. Hasta que la costumbre se convirtió en mutua dependencia y decidimos adoptarla con todas sus consecuencias.
«¿Qué haréis con la gata cuando regreséis a España », nos preguntaban con todo el énfasis que las personas prácticas suelen emplear cuando se trata de asuntos que a simple vista no parecen tener vuelta de hoja. Les seguíamos el juego y hacíamos como si nos escandalizáramos, aunque tampoco llegamos tan lejos: «Llevárnosla con nosotros. Es parte de la familia». ¿Acaso cabría pensar otra cosa Lo único que conoce del mundo es la caverna del sótano y el luminoso piso 20 (además del trayecto en ascensor y las esporádicas y nada gratas visitas al veterinario de Chinatown, con su colección de sonidos indescifrables del taxi o del metro captados desde su bolsa de viaje).
¿Acaso cabe liquidar de un plumazo los afectos? ¿No sería otra forma de adorar a los verdugos de las torres? Aunque se trate de un animal que no interroga, sino que es en cada instante, no sabe de historia y no se pregunta por lo que ocurrirá al día siguiente. En realidad no sabemos nada de su vida interior, pero está claro que, como los perros, que mueven las pupilas mientra duermen, también los gatos sueñan.

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